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El jardín de Narciso. Adua, 1 de marzo de 1896

por Enric Martí

“Italia tendrá la paz y se la daremos, con amor si es posible o con la fuerza si es necesario.”

Benito Mussolini

Batalla de Adua grabado etíope

Grabado etíope sobre la batalla. En la parte superior del cuadro, San Jorge, patrón de Etiopía dirige las tropas del Negus contra los invasores.

Las interferencias políticas en temas militares han ocasionado señalados desastres en todos los tiempos. Por citar un par de ejemplos: Winston Churchill a lo largo de toda la Segunda Guerra Mundial, a pesar de todas sus justificaciones a posteriori, o Alfonso XIII y su escueto telegrama: ¡Olé tus huevos! al alocado general Silvestre previo al desastre de Annual de 1921. En el caso que nos ocupa, será el primer ministro italiano Francesco Crispi quien apremiará al general Baratieri, un tipo más parecido a un funcionario de la Diputación de Barcelona que a un jefe guerrero, para que abandone su cauta y correcta estrategia de evitar un combate directo.

Oreste Baratieri

Oreste Baratieri

Tarde, mal y nunca

Las tardías unificaciones de Alemania e Italia en el último tercio del siglo XIX (y en el caso de la última con unos resultados todavía hoy no del todo tangibles) tendrá como consecuencia que en el reparto colonial de África sólo queden migajas ¡Eso sí, mejores que las que le tocaron a España, cuya sangrante posesión del Rif sólo se debía al capricho de la todo poderosa Gran Bretaña, que no quería tener a una potencia de primer orden al otro lado de la roca de Gibraltar!

El sueño platónico de Italia siempre será Túnez, algo que la vecina Francia (Argelia) ya se encargará de impedir sí o sí. No será hasta la segunda década del siglo XX cuando Italia haga acto de presencia en el Norte de África a costa del siempre agonizante imperio turco, al cual rapiñará Libia y de propina las islas del Dodecaneso (Rodas).

La apertura del canal de Suez en 1869 dará la oportunidad de establecer asentamientos en el mar Rojo y en el cuerno de África con la venía de los súbditos de su Graciosa Majestad ¿Dónde le ven la gracia? En la bahía de Assab en 1882, y posteriormente en Massaua (Eritrea) en 1885 y en el puerto de Saati, limítrofe de esta última y que sería atacado de inmediato por el ras (Señor feudal) Alaua.

Con el objeto de socorrer el asediado puerto, a inicios del año 1887 se destaco al teniente coronel Cristoforis con 500 hombres, que será emboscados en Dogali el 25 de enero con el resultado de 430 muertos, incluyendo al propio Cristoforis. Como de costumbre, la arrogancia europea les impedirá sacar conclusiones y tomar precauciones ante la evidencia… Ese mismo verano, el general Marzano con 20.000 tropas laminará (léase pacificará, otro cínico eufemismo occidental) la zona, construyendo asimismo líneas férreas para una futura invasión del interior. También creará además los primeros cuerpos indígenas (ascaris) que, como no podía ser menos, serán las cabezas de turco de la humillante derrota en Adua. La tradición militar italiana dicta no terminar nunca una guerra en el mismo bando en que se inicia y, en caso de que esto no sea posible, lanzar balones fuera, descargando sobre otros su propia responsabilidad…

El proceso de conquista culmina en 1890 con la proclamación de la colonia italiana de Eritrea. Al otro lado del cuerno de África, en Somalia, en 1889 se había proclamado el protectorado italiano sobre el Sultanato de Obbia, que comprende el tramo de costa en el que se encuentra la futura capital Mogadiscio.

Eritrea Italiana

Mapa de la Eritrea italiana.

El negus etíope Menelik II, tratará de buscar un peregrino status quo con los italianos, llegando a enviar a su primo el ras Tafari Makonnen en tour turístico por la bella Italia, recibiendo armas para imponerse a la revoltosa nobleza, sin percibir que pronto serán empleadas contra ellos mismos, junto a las suministradas por la siempre intrigante Francia. Hago un inciso en el texto para comentar, que algunos de nosotros habremos oído años ha, definir algún mozo con greñas como ¡Rastafari! Eso no es más que la disfunción fonética-popular del afamado ras Tafari, que llegará a ser emperador (Negus) de Abisinia con el nombre de Haile Selassie y que se opondrá con firmeza a la invasión fascista de Mussolini en 1935-36. Parece ser que al propio Haile Selassie le resultaba muy embarazoso que le asociasen al movimiento rastafari.

Menelik II de Abisinia

Menelik II de Abisinia.

La expansión italiana, aunque lenta y brutal con los indígenas, era sin embargo cada vez más extensa, provocando una rebelión popular en1894, lo que será aprovechado por los italianos para ocupar una serie de poblaciones. Su particular lucha contra el ras Mangasci les permitirá hacerse con más ganancias territoriales en la región del Tigré (Sur de Eritrea).

Devoción sin obligación

El 7 de diciembre de 1895, el mayor Toselli era atacado en el Amba (montaña) Alagi perdiendo más de 2.000 hombres. Se calculaba que el ejército abisinio estaba compuesto por 30.000 guerreros pobremente armados con azagayas, espadas y escudos. La realidad era que su número rondaba los 100.000, tres tercios de los cuales manejaban armas de fuego.

El enorme ejército etíope tenía una estructura feudal de dudosa fidelidad y de precaria logística que a la larga debían llevarle a dispersarse cual castillo de naipes, por lo que las órdenes llegadas de la metrópoli abogarán por el choque en busca de las ganancias electorales de una brillante y decisiva victoria. Ante la inminente amenaza de destitución, Baratieri abandona la fuerte y segura posición de Sauria y marcha sobre Adua con unos 18.000 hombres, 6.800 de los cuales ascaris eritreos (el orden de batalla italiano puede consultarse aquí) dirigiendo un despliegue erróneo plagado de confusiones debido a un defectuoso reconocimiento del terreno y a la creencia de tener una superior potencia de fuego. Pronto se verá sorprendido por la movilidad y por el certero fuego del enemigo, que es coordinado por numerosos asesores europeos (Según algunas fuentes, el oficial de cosacos del Kuban N. S. Leontiev comandó un pequeño grupo de asesores y voluntarios rusos).

Marcha hacia Adua

Marcha de las columnas italianas. Se muestran la maniobra prevista (línea continua) y la maniobra que se ejecutó en realidad (línea discontinua)

Detectados ambos ejércitos la noche del 1 de marzo de 1896, el general Baratieri destacó unos 18.000 hombres que debían encontrar sus puntos de partida en la oscuridad sin mapas de la zona y procurando cohesionar sus flancos con el resto de unidades. Al alba, la posición de las cuatro columnas es como puede imaginarse un caos y la convergencia sobre Adua puede formar parte del compendio de utopías de Perogrullo.

Inició el asalto la columna del general Albertone sin coordinación ni cohesión alguna. Otras dos columnas tratarán de apoyar a destiempo el ataque, mientras la artillería no sabe contra qué ni contra quién disparar ya que el ejército abisinio pronto abandonará sus ventajosas posiciones para contraatacar con una movilidad y conocimiento del terreno envidiables.

Batalla de Adua

Una a una, las unidades italianas se verán aisladas, copadas y aniquiladas, a pesar de que las escasas unidades de elite (Bersaglieri, alpini) tratarán de cubrir los numerosos huecos por los que se infiltran los etíopes. La retención de la guardia imperial de Shoa como garante del poder de Menelik es anulada por la emperatriz Taitú, quien reprocha a su marido su falta de hombría por no lanzarla en masa y explotar el éxito que se acaricia con la punta de los dedos. Esta carga hace que lo que hasta el momento aparentaba ser una discreta derrota se torne en desastre descomunal. Los italianos se calcula que sufrieron 7.000 muertos y 1.500 heridos así como 3.000 prisioneros entre los que se incluia el general Albertone, que serían tratados humanamente por sus captores (la única vejación a que fueron sometidos algunos fue obligarles a cantar canciones populares napolitanas para entretener a la Emperatriz Taitú y su séquito). No obstante, los 800 áscaris capturados corrieron peor suerte: considerados traidores por los etíopes, se les hizo amputar la mano derecha y el pie izquierdo.

En su huída, los italianos abandonaron casi toda su artillería y 11.000 rifles. Por su parte, las tropas del Negus sufrieron de 4 a 5.000 muertos y 8.000 heridos.

Dabormida última resistencia

La última resistencia del general Dabormida, jefe de la 2ª Brigada o columna de la derecha (muerto en combate) según un grabado inglés de la época.

Venganza caduca

Las consecuencias políticas y sociales en Italia serán devastadoras y marcarán el inicio de siglo de esta nación, que ni siquiera su participación en el bando vencedor de la Gran Guerra podrán disipar, en la que verterá ríos de sangre pronto enterrada por la ambición sin fondo de Francia y Gran Bretaña. Prueba de ello lo tenemos en los comentarios de un prohombre a tenor del desastre colonial español en el Rif en 1921: ¡Adua fue una batalla, Annual una masacre! ¡Como si el número de muertes inútiles indicase el grado de absurdo de una guerra! A propósito de esto viene a cuento citar las palabras del Duce en 1940, al entrar en la guerra ¡Sólo necesito unos miles de muertos para sentarme en la mesa de los vencedores! ¡Claro, claro Benito, y si te pasas de frenada sólo faltarán unos cuántos miles más para verte colgado de una gasolinera de Milán! Diez años después de la aventura fascista contra Abisinia, el Negus reinaba de nuevo mientras que los cadáveres de Mussolini, su amante y algunos jerarcas fascistas eran expuestos públicamente en Milán como alimañas.

Mussolini colgado, 1945

Mussolini, su amante y varios jerarcas fascistas colgados en Milán, abril de 1945

La venganza se retrasará hasta 1936, fecha en la que Mussolini dispondrá de una diferencia tecnológica aplastante que le llevará a un engañoso concepto de regreso de las legiones, a pesar de tener un precoz oráculo del drama en Guadalajara (1937) tras la cual las huestes republicanas entonarán (jaleados sin tapujos por los nacionales) la siguiente coplilla, cantada con la música del himno fascista faccetta nera: ¡España no es Abisinia, menos camiones y más cojones...! Contra la tradicional mala uva hispana a los voluntarios italianos no les quedaba otra que seguir el credo fascista: Creddere, obedeccere, combattire...!

Musso y Claretta, primavera de 1945

Mussolini y Claretta en Milán, primavera de 1945. Habían conocido días mejores.