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Napoleón Bonaparte: síntesis del Dios de la guerra

Por Enric Martí

El despotismo absoluto no existe, sólo es relativo.

El exceso se derrama por uno u otro lado: lo que el

océano invade en una parte, lo pierde en otra.

Napoleón

Bonaparte

Napoleón Buonaparte (La familia afrancesó su apellido a “Bonaparte” tras la anexión de Córcega a la metrópoli en 1764) nació en 1769. Tras las gestiones de su padre en Italia para reclamar orígenes nobles cursó estudios en el Colegio militar de Brienne de Paris del que saldrá con el grado de teniente en 1785.  Destacó como artillero en el asedio de Tolon efectuado por fuerzas británicas y españolas por lo que será promovido a general de brigada a la edad de 24 años (1793).

Tomó parte en la caída de Robespierre (1794); un año más tarde abortará el intento de levantamiento realista “El olor a metralla”, casándose a continuación con la influyente Josefina  Beauharnai  y obteniendo el mando del ejército de Italia para trazar un ataque de diversión en la guerra contra Austria, donde empezará a asombrar al continente por su brillantez.

En 1798 lanza la campaña de Egipto que tiene más de locura que de sentido común; el 23 de julio logra ocupar El Cairo, pero todo se verá truncado por la destrucción de su flota en la batalla de Abukir (9 de agosto de 1798) a manos de Nelson. Queda aislado en el continente africano de dónde escapará burlando el bloqueo a bordo de la fragata Munier,  dejando al mando a Kléber que capitulará frente a turcos y británicos el 8 de febrero de 1801.

A finales de 1799 derriba al impopular Directorio y es elegido primer cónsul por diez años; realiza una gran labor como estadista, dotando al Estado de unos mecanismos cuyo legado (el código Napoleón) perdurará hasta la actualidad.

EL VERTIGO DE LA SOLEDAD

Iniciada la segunda campaña de Italia, obtiene  la célebre victoria de Marengo (1800). Los austriacos tras la derrota de Hohenlinden a manos de Moreau se ven obligados a firmar la paz de Luneville el 9 de febrero de 1801.

Trafalgar

Al año siguiente se firmó la paz de Amiens con los británicos, renunciando Francia a sus pretensiones en territorio otomano.  El 10 de mayo obtiene la prolongación de su consulado a título vitalicio. Exactamente dos años más tarde se establece una monarquía militar siendo Napoleón proclamado emperador con derecho hereditario para sus descendientes. La ceremonia oficial de coronación se celebró el 2 de diciembre ante el Papa Pío VII en la catedral de Notre Dame de la capital francesa.

En 1805 se formará la tercera coalición continental en su contra. A finales de ese año, tras haber vencido su batalla más célebre (Austerlitz) firmó la paz de Pressburg, dejando para el próximo verano las cuentas pendientes con los prusianos, a los que aplasta en  Jena-Austerstadt;  la sombra de Federico parece haber abandonado a los teutones. En el otoño de este año debe encajar la trascendente derrota naval de Trafalgar en la que Nelson aniquilará a la flota franco-española.

Batalla de Trafalgar

En el transcurso de 1807, Bonaparte derrota a los rusos en Eylau y Friedland y en razón a ello el Zar  (forma eslavizada de César) Alejandro aceptará el pacto de Tilsit. A principios del siguiente año, ante la negativa de Portugal a participar en el bloqueo contra Inglaterra, sus tropas entrarán en España deponiendo a la depravada monarquía borbónica e instaurando en su lugar a su hermano José. Esto da inicio a la Independencia , en la que el pueblo,  el ejército español,  junto al de Portugal y la fuerza expedicionaria británica no darán respiro al ejército de ocupación que sin ser la elite de las fuerzas napoleónicas distrajo y desangró a numerosos contingentes cuya presencia hubiera sido crucial en otros frentes. La “ulcera española”, junto a la desastrosa campaña de Rusia (1812) con sus inclemencias climatológicas y la heroica tenacidad de las tropas del zar serán los pilares fundamentales del declive del  emperador.

Castaños y Dupont en Bailén

HACIA EL ABISMO

Tras su regreso de Rusia con menos de 25.000 hombres de un total superior a 600.000, sufre la derrota de Leipzig (1813) y se verá acosado en multitud de frentes incluido el sur pues las fuerzas anglo-portuguesas-españolas han invadido el Midi francés.  Los aliados entran en Paris el 31 de marzo de 1814 abdicando Napoleón el  6 del mes siguiente, tomando el camino del exilio a la isla de Elba al sureste de la ciudad de Génova, siendo restaurada la monarquía borbónica en la persona de Luis XVIII.

Tardará poco más de un año en recuperar el poder tras una singladura más parecida a un folletín novelesco que a una realidad histórica, iniciando la campaña de los cien días para la que ya no cuenta ni con los medios ni con los mandos para tener una posibilidad esperanzadora de éxito. Si quería mantenerse en el poder lo debía conseguirlo en solitario, sin sombras aparentes de auxiliares con estrella, por ello la elección de subordinados resulto a todas luces nefasta,  asunto que quedará ampliamente demostrado en las  batallas secuenciales de Waterloo (1815). De las centenares de máximas de Napoleón hay una que viene como anillo al dedo para esta ocasión: ¡La suerte es una mujerzuela: deja al viejo para irse con el joven!

Waterloo 1815

SENDEROS DEL DESTINO

El talón de Aquiles de la epopeya napoleónica es el propio Napoleón pues el todo absoluto gira en torno a su figura:  como dijo el mariscal Ney en Borodino (1812) ¡Quiere ser emperador en todas partes! Así, su trayectoria eclipsará a todos y a todo, pues grandes personajes de esta época parecen diminutos a su lado: Murat, Massena, Davout, Bernadotte (Cuya dinastía todavía reina en Suecia) y tantos otros; incluso entre sus adversarios (Toda Europa salvo excepciones circunstanciales) se identifican plenamente, no ya con él sino con su causa; así años más tarde afirmará un oficial español en el lejano Chile ante una duda sobre sus órdenes ¡Sepa usted que a  mí me crecieron los bigotes luchando contra Napoleón!

L'Empereur

Y no menos carismáticos resultan sus mandos en todos los escalafones: comparemos la cursilería o ñoñez norteamericana en Bastogne (1944) al responder a la petición alemana de rendición con un ¡Narices! con la contundencia  y cercanía de aquel oficial de la Guardia  en Waterloo que iba a sacrificarse para que otros se salvarán  y su ¡Mierda!, o la del coronel Lepic en Eylau que al comprobar que sus hombres se acachaban sobre sus monturas ante el letal fuego ruso ¡Cabezas arriba, son sólo balas, no es mierda!, o la del general  Hautpoul en su audaz captura a la carga del vital puente de Hof (1807) y consecuente calurosa felicitación de Napoleón, tras la que se dirigirá a sus hombres  ¡El emperador me ha dado un abrazo y yo besaré vuestros culos!. Una realidad brutal, sesgada sin falsos pudores ni iconos ejemplarizantes para interesadas glorias de pocos y muerte y desgracia de muchos.

Los acontecimientos, sucesos  y anécdotas de aquel interesante período son interminables ¿Pero qué queda de todo ello? Para responder a esa pregunta debemos recapacitar sobre el poco reconocido narcisismo europeo y su creencia de que cualquier avatar en el mismo tiene una obligada consecuencia mundial y repercusión en el orbe, supuesto tan irrelevante como irreal. Aún así, si algún perfil humano del viejo continente es reconocido y admirado tanto en las junglas asiáticas, como en las pampas suramericanas y sabanas africanas ese sin duda es Napoleón Bonaparte.

Napoleon Bonaparte